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28 marzo 2011

Oh

El posó sus labios en los míos. Su vestimenta, como niebla oscura, se evaporó cuando la toqué con la punta de los dedos y reveló su piel de inmensa blancura, brillante a las miles de lucecillas del cielo nocturno. Se recostó sobre la hierba, en el lecho de niebla luminosa, y me atrajo hacia el, me perdí en las profundidades de sus ojos, donde parvadas de ángeles azules abrieron las alas y me recibieron, el  oro blanco de su cabello, el  sonido de su voz.

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